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la subida era más difícil, los iba enviando delante
uno a uno sin armas; luego subía él con ellas, explo-
rando muy cuidadosamente los parajes de dudoso
apoyo; y subiendo y bajando muchas veces, y dejan-
do luego el lugar desembarazado, alentaba a los de-
más para que subiesen. Al fin, después de una
grande y prolija fatiga, llegan a la plaza, que hallaron
por aquel lado desamparada, porque toda la gente
estaba, como los días pasados, empleada contra el
enemigo. Mario, sabido por los avisos que le daban
el estado de la empresa, aunque todo el día había
tenido a los númidas ocupados en la defensa, en-
tonces, exhortando a los soldados, preséntase al
enemigo fuera de los reparos, formando con los
escudos una concha de tortuga, y hace que al mismo
tiempo las máquinas y los ballesteros y honderos
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L A GU E R R A DE J U GU R T A
disparen desde lejos, para desviar de la muralla al
enemigo. Pero los númidas, como habían ya otras
veces trastornado y pegado fuego a los manteletes,
no cuidaban de resguardarse con las almenas de la
muralla, sino que de noche y aun por el día comba-
tían a cuerpo descubierto, maldiciendo a los roma-
nos, tratando a Mario de loco y amenazando a los
nuestros con que serían esclavos de Jugurta; en su-
ma, la prosperidad los había hecho insolentes. En-
tretanto, cuando estaban más empeñados los
romanos y los enemigos en la acción, peleando con
el mayor esfuerzo, unos por la gloria y el imperio,
otros por la libeJtad y por la vida, suenan de repente
por el opuesto lado las trompetas; y al principio
echan a huir las mujeres y los niños, que se habían
adelantado para ver el combate; después otros, se-
gún estaban más cerca de la muralla, y últimamente
todos, armados y desarmados. Visto esto por los
romanos, cargan con mayor fuerza y desbaratan a
los enemigos; hieren a los más de ellos, sin acabar-
los de matar; después, ansiosos de gloria, rompen
peleando derecho al muro por encima de los caídos,
sin detenerse nadie en el despojo. De esta suerte
habiendo la fortuna enmendado la temeridad de
Mario, su mismo yerro le concilió alabanza.
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C A Y O S A L U S T I O
Mientras pasaba esto, llegó a los reales con un
gran cuerpo de caballería el cuestor Lucio Sila, que
se había quedado en Roma para recoger los soco-
rros del Lacio y de los confederados. Pero ya que
nos presenta el asunto a un varón tan grande, razón
será decir aquí algo de su natural y sus costumbres,
pues no hemos de hablar de esto en otra parte, y
porque juzgo que Lucio Sisena, que es quien mejor y
con más exactitud ha tratado de sus cosas, habló
con menos libertad de la que conviene a un histo-
riador. Fue Sila de gente patricia, de una familia casi
del todo oscurecida por la flojedad de sus mayores.
Sabía igualmente las lenguas latina y griega en el más
alto grado; era de grande espíritu, amigo de placeres,
pero más de gloria; vivía en tiempo de ocio delica-
damente, pero jamás descuidó por eso de lo que
estaba a su cargo, bien que en cuanto a su mujer pu-
diera haberse portado con más decoro. Era afluente,
astuto, accesible aquellos que querían su amistad, de
una increíble profundidad de ingenio para disimu-
lar; daba francamente cuanto tenía, y especialmente
el dinero, y con haber sido el hombre más feliz de
cuantos se conocieron, jamás fue su fortuna supe-
rior a su merecimiento; de suerte que dudaban mu-
chos si era más esforzado o venturoso. Hablo de él
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antes de la guerra civil, porque lo que después hizo,
no sé si causa más vergüenza o fastidio referirlo.
Sila, pues, habiendo, como se dijo untes, llegado
a África y a los reales de Mario con la caballería;
siendo así que hasta entonces ignoraba enteramente
el arte militar, se aventajó muy presto en su pericia a
todos. Llegábase a esto su cortesanía y liberalidad
con los soldados, a quienes daba cuanto le pedían y
a muchos aun antes; él nada admitía sino con re-
pugnancia, y si admitía, era más puntual en pagarlo
que si fuese empréstito, descuidando enteramente
de recobrar lo que a otros daba, y procurando a to-
da costa que le debiesen más. Gastaba chanzas y
trataba asuntos serios aun con las gentes más hu-
mildes; asistía con frecuencia a los trabajos, a las
filas, a las rondas, sin tomar jamás en boca (como
suelen hacer los ambiciosos) al cónsul, ni a sujeto
alguno acreditado; ni poner la mira sino en que na-
die se le aventajase en prudencia ni en valor, y en
adelantarse a todos. Por estos medios muy en breve
se granjeó la benevolencia de Mario y de los solda-
dos.
Jugurta, después de haber perdido a Capsa y a
otros lugares fuertes e importantes, con gran parte
de sus tesoros, envía a decir a Boco «que pase
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C A Y O S A L U S T I O
cuanto antes con su ejército a Numidia, que era ya
tiempo de obrar: mas viendo que éste lo difería y
buscaba pretextos, dudando si abrazaría la paz o la
guerra, cohecha de nuevo a sus confidentes y ofré-
cele la tercera parte de su reino, si se lograba echar a
los romanos de África o se ajustaba la paz sin per- [ Pobierz caÅ‚ość w formacie PDF ]

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