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superiores la licencia para que puedas servir en la Corte de Borgoña.
Geraldo seguía asintiendo como por inercia, mientras las lágrimas le caían aún por el rostro. Thierry de
Commynes lo tomó de la mano, y juntos se encaminaron hacia las mesas. El paje sentía que la delicada
relación con su nuevo amigo lo estaba envolviendo en una extraña emoción, pero prefería cualquier cosa
a soportar solo el profundo dolor que lo afligía.
No podía suponer que su tan adorada y odiada Melita, con su vital sabiduría, probablemente habría
aprobado esta decisión, porque según ella la única riqueza de la vida era la vida misma, y tal riqueza
debía compartirse con los demás.
Los jóvenes diplomáticos, un poco ofuscados por el vino y el resolí, habían salido de la sala
acompañados por el conde Ridolfo da Pusterla y el caballero Bartolomeo Stampa. La conversación era
menos brillante de lo habitual y sus voces eran opacas. Como siempre, se formaron grupitos que se
dividieron alborotando por las distintas estancias del castillo. Luego, al regresar al salón, los Embajadores
se detuvieron otra vez ante los Duques para congratularse por la excelencia del banquete y después
volvieron a ocupar sus sitios en las mesas.
A1 empezar el tercer servicio, cuando todos estaban sentados, se dieron cuenta de que los sitios de
Ridolfo y Bartolomeo estaban vacíos. Los amigos empezaron a preocuparse, pero pronto suspiraron
aliviados al ver llegar al conde de Pusterla. Estaba solo y desconsolado. Contó que había buscado por
todas partes a su amigo Stampa sin lograr encontrarlo.
El caballero se retrasaba y los que estaban sentados al lado de su sitio vacío tuvieron negros
presentimientos, comprensibles en esa situación. Algunos abandonaron la sala para buscarlo. En vano.
Entonces Zane dei Roselli, el diplomático veneciano, se dirigió al Cómitre de los arqueros para
comunicarle la desaparición de su compañero. El oficial, tras advertir al conde de Caiazzo, partió en su
búsqueda con algunos soldados. Contraviniendo las normas de la Corte, también Trotti, como siempre
atentísimo a cualquier movimiento fuera de lo normal, se levantó de su sitio para bajar por un instante a la
cocina y avisar a maese Stefano. Luego se unió a los soldados.
La exploración fue minuciosa; se inspeccionaron las salas vecinas, los corredores, los huecos y los
trasteros, pero no aparecía rastro alguno del joven. Todavía se rebuscaba con ahínco cuando se oyó un
grito:
-¡Cómitre, Cómitre! ¡Aquí hay un muerto!
Era la voz de un arquero que se había adelantado para inspeccionar la sacristía de la capilla del castillo.
Hubo un gran movimiento de soldados y de caballeros. Pocos instantes después, reclamado por los gritos
y abriéndose paso entre las milicias, llegó micer Jacopo, seguido por maese Stefano.
Un cuerpo semidesnudo estaba tendido en el suelo sobre un lecho de vestiduras litúrgicas del Obispo.
Estaba boca abajo, con los brazos abiertos de par en par y solamente llevaba dos largas calzas de varios
colores bajadas hasta la mitad del muslo. Le habían atravesado de una puñalada la espalda. No era visible
señal alguna de refriega o de violencia; es más, a escasa distancia sobre una butaca, estaban
perfectamente ordenados su jubón bordado en plata, su camisa y una espesa cota de malla de acero.
Los amigos sabían que desde hacía algunos días el caballero y su amigo se protegían así de posibles
puñaladas.
Trotti no necesitó ver el rostro del muerto. No tenía dudas sobre su identidad: estaba seguro de que era
Bartolomeo Stampa, el cuarto amigo del señor Duque.
Cuando los arqueros dieron la vuelta al cuerpo, todos obtuvieron la confirmación en aquel rostro ya
ceniciento. Sin embargo, Trotti notó enseguida que, de nuevo, no había rastro de terror en sus ojos
abiertos, ninguna mueca de horror en esa boca de labios exangües.
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Mientras los soldados trajinaban en torno al cadáver, Trotti y maese Stefano se hacían algunas pregun-
tas. ¿Por qué el joven estaba semidesnudo sobre un lecho de paramentos sagrados? ¿Por qué había
cometido la trágica ligereza de quitarse la cota que lo habría salvado de la fatal puñalada? No tuvieron
tiempo de buscar indicios. El jefe de los arqueros ya estaba alejando a todos de la sacristía. También en
este caso, el cadáver se hizo desaparecer en pocos minutos.
Al Moro, advertido de lo ocurrido, le bastó una mirada para imponer orden entre los suyos. Los
comensales no dieron muestras de pánico. En la sala las carcajadas y los gritos vulgares de los beodos
habían alcanzado un nivel altísimo, y la confusión era tal que nadie habría podido percatarse de lo
sucedido. La voz del hallazgo de otro muerto solamente se filtró entre los que se encontraban cerca de la
escena del crimen, entre los amigos del desaparecido y pocos más. El conde Ridolfo da Pusterla,
justamente aterrorizado, prorrumpió en un llanto irrefrenable a histérico.
¿Se ve obligado a fingir porque es el asesino o porque se da cuenta que el cerco se estrecha alrededor
de él?, se preguntaba micer Jacopo.
La circasiana trataba de consolarlo, pero el joven conde, que en la primera parte del banquete había
comido muy poco y bebido bastante, a esa hora estaba casi borracho y no conseguía oír los consejos que
sus angustiados a impotentes amigos intentaban darle. Sin embargo, a pesar de su estado, comprendía el
drama de su situación y, desesperado, no se atrevía a permanecer solo ni siquiera un momento, mientras,
con la voz arrastrada por el alcohol, seguía repitiendo patéticamente:
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